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Clap your hands, say yeah

Publicado por BroderYon el 06/04/2011 | 1384 lecturas

De todas las cosas que considero malas de la música en directo, hay una que me supera. Puede que no te guste el sonido, o que esté demasiado alto, el escenario, que un músico se equivoque en momento dado, que no toquen el tema que querías escuchar o que te vayas a casa antes de lo que te gustaría. Al fin y al cabo todo ello va incluido en el precio de la entrada. Pero, independientemente de quién sea el que esté subido a las tablas, o su repercusión mediática, el que un artista pida palmas al público es algo que no puedo soportar. Me parece una forma forzada y patética de compensación por conseguir lo que la música no logra. Lo cual se corrobora cuando, tras dos compases, el público deja de aplaudir, quedando todo en un rídiculo que hace mirar para otro lado.

Cuando el público se lo está pasando bien escuchando a un grupo se produce una empatía colectiva, en determinados momentos de una canción, que se traduce en un unísono arranque de aplausos al compás, coros de estribillo, alzamiento de manos... Pocos momentos hay más endorfínicos para un músico que ese instante en el que la gente que te ha venido a ver, se une, sin un plan previsto, para llevarte en volandas a donde, desde un principio, ha sido tu intención, culminándose tu objetivo y poniendo en tu cara una sonrisa y en tus venas una buena dosis de adrenalina. Podría considerarse que es lo normal, pues, a fin de cuentas, esa gente ha venido a verte, conoce tus canciones, ha comprado tus discos, etc. Pero en realidad no se produce tanto como podría parecer, ya que todo depende del psicología del público y su origen (no son iguales los franceses que los alemanes, por ejemplo; varios son los DVD que poseo de conciertos en Paris y ninguno de Berlín), de la canción, del momento en sí... Varias circunstancias se unen a todo. Pero, claro, estoy hablando de grandes bandas. Si nos ceñimos exclusivamente al grupo local que toca en un bar para un público que, exceptuando familiares, colegas y algún despistado, te ha encontrado en su local, y al que probablemente tu elevado volumen esté molestando su charla, el pedir de buenas a primeras que dé palmas se convierte en un fútil “quiero y no puedo” que ralla el absurdo.

Si un grupo musical de Santa Cruz toca fuera de su ámbito, pongamos Madrid, se sube a un escenario y se presenta a un público desconocido, que jamás te ha escuchado ni sabe de qué va tu espectáculo, y empiezas a llamarlos “hijos de puta” porque tú eres duro y haces rocanrol, no es de extrañar que te manden a la mierda abucheándote y pidiendo que pase el siguiente. De la misma forma, tampoco se puede esperar que un público te siga el rollo de aplaudir cuando se lo pides si ambos se acaban de presentar. En ambos casos hay que tener un poco perspectiva, alejándote primero tres pasos para ver qué se está cociendo ante ti, y actuar en consecuencia. Si únicamente hay gente inmóvil, copa en mano, que se pasa más tiempo hablando con el del al lado, y cuyos aplausos tras el primer tema duran menos de cinco segundos, pedir palmas al empezar la siguiente canción no sólo no va a conseguir que se animen, sino que vas a quedar mucho peor. Tú música no ha calado. Así de sencillo. A partir de ahí hay que tratar de gestionar la actuación para intentar, al menos, que el público vea que lo que haces lo haces bien, pues eso sí que lo siente y aprecia, independientemente de que tu música no le guste -el halago más sincero que me han hecho es “la música no me gusta una mierda, ¡pero el grupo es un grupazo!”. Y aunque pudiera parecer que sólo ocurre en ámbitos cerrados o locales, también pasa a niveles mayores, véase un gran festival. Si tu banda es relativamente desconocida o nueva, o tu radio de impacto es menor que otra banda mainstream, no puedes esperar que tengas el mismo recibimiento que Radiohead (Belle and Sebastian en el FIB 2002). Luego, debes hacer algo para intentar animar el cotarro a treintamil personas, sobre todo si tu música es suave y sosegada. Eso, aunque tu música no termine de llegar, se agradece sobradamente y es recompensado con aplausos sinceros (no forzados), como ocurrió en el caso en particular de Belle and Sebastian ese año.

En definitiva, mesura, un poco de perspectiva, control y causa-efecto, pues nadie empieza a tocar una guitarra sin afinarla primero, y tampoco a nadie le gusta que le fuercen a hacer algo que no quiere.


Publicado por BroderYon el 06/04/2011 | 1384 lecturas
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4 COMENTARIOS
Anónimo  Estoy de acuerdo con el autor de esta crítica. Yo lo que odio profundamente es que la gente pague la entrada de un concierto parar ir y luego ponerse a charlar con el colega, me parece una falta grandísima de respeto.
Viernes 08/04/2011 a las 02:51

BroderYon  La verdad es que eso merece una entrada de por sí.
Viernes 08/04/2011 a las 08:16

Anónimo  Holla,Me gusta su pagina,buen espacio, Te falta sólo un botón de traducción el resto tudo ok!
hasta
excusa mi mal espanol!
Martes 10/05/2011 a las 21:31

Adrian Asimov Noasinov  Si estuviera mas de acuerdo contigo de lo que estoy se me chamuscaría el cerebro.
Aparte, el tema de las palmitas es lo mas suave que te puede pedir un grupo, que los hay que te piden incluso que te agaches, y luego subas, y luego te agaches, y como te estés en la primera fila te ves cuasi obligado, y mientras te agachas piensas que ya podrías tener la cara del individuo en la trayectoria de tus posaderas, como menos.

Dedícate a tocar tu instrumento, y no los cojones, que si la gente empatiza con tu música, recibirás una motivación que no tiene nada que ver con unas palmitas forzadas y completamente estúpidas.
Miércoles 11/05/2011 a las 09:05

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