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Richard Bona Group - “Jazz Otoño 2015”

Publicado por jabato el 11/11/2015 | 409 lecturas

Los sábados los vengo dedicando desde hace años a realizar tareas de peón agrícola con mi padre en la casa de Valsequillo. Un “no parar” desde las ocho de la mañana hasta la tres de la tarde que, más o menos, llego de vuelta a mi casa bastante cansado, por lo que un concierto el sábado a las ocho de la noche………siempre me resulta una perspectiva poco deseable.

A lo largo de la semana pasada había hablado con mi “Special Musical Advisor” y bajo su recomendación acordamos asistir a algunos conciertos del festival “Jazz Otoño 2015” que se celebra en mi ciudad hasta el tres de diciembre.

El primero fue el ofrecido el pasado sábado 7 de noviembre por Richard Bona en el Teatro Cuyás a las 20:30 horas.

 

Ya habíamos tenido ocasión de ver a este bajista camerunés la última vez que visitó nuestra isla, allá por el 2006 y tenía buenos recuerdos de aquella actuación.

Nuestras butacas estaban en el segundo anfiteatro y la mía en concreto en la segunda fila. Ellos en la primera. Fui el último en conseguir la entrada y no pudieron ser correlativas.

Con diez minutos de retraso sobre el horario previsto, apareció Richard Bona sobre el escenario. Le acompañaban el italiano Cirro Manna a la guitarra, el cubano Ludwig Afonso a la batería y los norteamericanos Isamu McGregor y Tatum Greenblat a los teclados y a la trompeta respectivamente.

Richard Bona es un bajista excepcional que ofrece un directo soberbio y altamente recomendable. Con un fraseo exquisito y delicado, contundente y vigoroso según la exigencia de la pieza ejecutada, fue encadenado un tema tras otro ante un público rendido casi desde el inició del concierto.

El camerunés por otro lado, es un tipo tan simpático que no tardó mucho en ganarse al respetable. Puso a cantar a parte del público haciéndolo partícipe del espectáculo, contó que había apostado 500 euros con alguien del equipo a que cantaría un tema en español y lo hizo. De golpe sólo él, su bajo y con la colaboración de la audiencia –Bona no se sabía casi la letra- interpretaron una magnífica versión del “Quizás, quizás, quizás” que popularizó Nat King Cole en nuestro idioma y juro que con el inglés clarito que hablaba, nos sacó más de una carcajada con sus comentarios entre canción y canción.

El resto de la banda rayó también a muy buena altura. La compenetración entre ellos me pareció perfecta.

Quizás fue Tatum Greenblat el más que me gustó. Aparte de Bona, fue el que más veces atrajo mi atención. Su trompeta sonaba cálida, envolvente, completa. Ejecutó riffs que se fundían a la perfección con el bajo y que redondeaban el sonido con el que la banda inundaba el local. Cuando ambos interpretaron lo que el camerunés calificó de balada -a mi me recordó mucho más a un bolero-, ofrecieron para mi los momentos más sublimes del concierto.

Con la salvedad de esta balada deliciosa, rebosante de buen gusto en la que Bona, con sus silencios medidos, con el sonido limpio de una ejecución lenta, sutil y precisa, arropada con unas digitaciones que sonaban cristalinas y diáfanas, casi tangibles, la de algún otro tema más que se me escapa y de otro de Jaco Pastorious que me encantó, el resto del repertorio desparramaba un profundo y elegantemente cuidado regusto étnico, marcado en mi opinión por el timbre peculiar de la voz de Richard Bona cuando canta en su idioma natal, un timbre sin embargo que me resultaba totalmente diferente cuando lo hacía en inglés, un cambio radical de registro que mi oído era capaz de distinguir con claridad meridiana. Su versatilidad vocal es sobresaliente, pero reconozco que me gusta más Bona cuando canta en el idioma de los Pink Floyd.

El camerunés hizo una demostración portentosa de técnica a lo largo de todo el espectáculo, pero se marcó un dúo con el batería que me removió en el sillón. ¡Algo impresionante!

Había discurrido ya más de la mitad del concierto cuando empecé a notar un deseo desmedido en parte del público por transmitir a Bona y a los suyos una especie de “adhesión inquebrantable”. La irrupción gratuita de aplausos en medio de los temas o antes de su finalización comenzaron a sucederse. Una de estas interrupciones fue…………me explico,......cuando la tensión argumental de una de las piezas estaba a punto de resolverse y la banda ejecuta un silencio que anticipa la entrada de ese último acorde, el que libera aquella tensión acumulada y pone punto final al tema, surgen unos aplausos inadmisibles que ocupan aquel silencio ¡¡arruinándolo todo!! “¡Señoría, juro que no se cómo pero en aquel momento había un arma en mis manos!”

Desde mi butaca se veía razonablemente bien el escenario a pesar de la distancia y el sonido se escuchaba mejor, pero en la primera fila justo delante de mi, -recuerdo este episodio con renovado cariño- se sentaron dos pibas de no más de veinte años que pasaron parte del concierto juntando sus cabecitas para cuchichear, invitándome pronto a conectar mi marcapasos portátil y a recurrir, como el doctor Sheldon Cooper, a la conocida técnica del “Kolinaar”, -ritual Vulcano por el que se eliminan las emociones-, para evitar que me diera un infarto, así que cuando sonaba creo, el último tema………..la gente ya levantada de sus asientos…..…..las dos pibas………también……..me vi rodeado de pronto por gente no sentada…..…total, que entre el cansancio de la mañana agrícola y el frenesí incontenible del público, me levanté y me fui sin esperar por los bises.

Por cierto, también como en 2006, Bona se quedó sólo en el escenario para construir una canción de la nada utilizando únicamente su voz y un pedal de bucles multipista. Recuerdo que en aquella ocasión, tras pedirlo varias veces de forma elegante, lo vi reclamando silencio al público porque el personal, sin esperar al resultado final, empezaba a aplaudir con cada nuevo bucle que iba añadiendo a la canción………….

Publicado por jabato el 11/11/2015 | 409 lecturas
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